Desde que el ser humano es tal ha tenido la necesidad de cubrirse. Proteger su cuerpo contra las inclemencias del tiempo y de un mundo al que aún no había dominado. Con el transcurso del tiempo aquellos taparrabos y pieles de animales que además de ropa fueron alimento fueron evolucionando para convertirse en una cuestión infinitamente más compleja que simplemente la de cuidarnos de los elementos.

La ropa, a lo largo de la historia, fue marcando quienes somos. Hombres y mujeres, ricos y pobres, a que civilización, religión y época pertenecemos y hasta el día de hoy es una de las formas que tenemos las personas de transmitirle a los otros quienes somos.

Nunca ha sido más fácil consumir ropa. Existen cadenas nacionales y multinacionales de prendas económicas, de mayor y menor calidad que acompañan las sensibilidades de cada temporada, la musa inspiradora de quienes imponen tendencias (o algunos dirían sus caprichos) y que hacen que podamos vestir cada año lo que consideremos que está de moda o que nos identifica como personas, o que nos hace sentir cómodos y al resguardo del tiempo como aquellos primeros hombres que ni soñaban con vivir en un mundo como el nuestro.

Sin embargo la ropa no es sólo ropa. Detrás de las prendas que vestimos hay una enorme cadena que comienza con la creatividad de quienes crean pasando por quienes confeccionan hasta llegar, tras una serie de intermediarios, a los locales donde nosotros la compramos. Las injusticias que existen en muchas de estas cadenas han sido largamente discutidas en documentales y artículos por lo que me quiero concentrar en otras cadenas, aquellas que respetan a sus diversos intermediarios y que comienzan con creativos que no proponen ropa sino moda, que nos invitan a usar un poco de su arte en nuestro cuerpo.

Desfile Pasaje a Neptuno. Rotunda Otoño-Invierno 2019. Pazos-Landarín

¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en arte? Quizás si uno pudiese comprar un cuadro original de un artista de renombre y tenerlo en su pared no dudaría en hacerlo. Sin embargo, ¿cuánto valoramos un buzo de lana tejido a mano frente a una opción absolutamente genérica más económica y que viene de una cadena de trabajo más injusta y que además nos va a durar menos?

En nuestro país las mentes creativas que pueden proponer moda están. Ejemplos sobran. Manos del Uruguay exporta productos de lana únicos de excelente calidad y los vende en el mundo. Gabriela Hearst diseña bolsos cuya lista de espera supera meses y que tiene como consumidores a personajes tan distinguidos como Meghan Markle, la duquesa de Sussex. Y año a año vemos cómo hay marcas locales que crecen como por ejemplo Rotunda, que ha logrado consolidar una marca con diseñadores locales y una presencia tanto en shoppings como en locales en Montevideo y algunos otros rincones del país acercando ideas de acá a más público de lo que otras marcas uruguayas habían logrado antes.

Asimismo existen también propuestas de reutilizar lo que ya se ha producido. Recicla y Retroká son dos empresas con varios locales que, a precios más módicos, venden productos seleccionados en un mundo con mayor conciencia de la finitud de los recursos y con más ganas de ser original y poseer prendas que no se fabrican en masa.

Conjunto con jean Versace auténtico. Archivo Caramba Vintage.

Y cuanto más pasa el tiempo entre que una línea de ropa se produjo y nosotros las compramos menos ejemplares de esa prenda van a existir. Y ahí es cuando aparece el vintage. Propuestas de vintage existen muchísimas, sin embargo ¿qué implica montar una marca de vintage de calidad? ¿Estamos dispuestos a pagar por ello? Conversando con Victoria Callejas, la cabeza detrás de Caramba Vintage nos comenta acerca de la importancia de la búsqueda en este proceso que tiene como objetivo ofrecer exclusividad y originalidad, dos cualidades difíciles de encontrar en el mercado de la indumentaria hoy en día, paradójicamente a pesar de la mayor cantidad de propuestas y oferta:

“Creo que vestir vintage es más que una cuestión de la prenda que te pones, tiene que ver con una actitud de vida y un amor infinito por la sorpresa. Detrás de la selección de productos que puedan ser perfectamente usables hoy en día y no sean serializados, que aporten a la idea de una personalidad e identidad para quien los use, hay un proceso largo y agotador. Nunca cansarse de buscar y estar muy dispuesto a sorprenderse es clave. Salir a “buscar vintage” es como abrir una caja de pandora, nunca sabes que vas a encontrar, pero de seguro van a ser muchas cosas maravillosas. También implica una capacidad de discernir y ver más allá, poder imaginar una prenda representando un estilo en tu cabeza y cómo hacer para “ponerle onda” a una prenda que nunca te hubieras imaginado usar. Hoy en día es cada vez mayor la cantidad de marcas y propuestas vintage que conviven en el mercado, tanto local como mundial, así como las que emergen dentro del estilo. Sin embargo considero que no es tan frecuente enfocarse en un proceso que realmente cuestione y seleccione con rigor. A veces se da una mala lectura o interpretación de lo que el vintage es, ofreciéndose simplemente “prendas de vieja”. El vintage no es conformarse y avalar cualquier prenda porque tenga una determinada cantidad de años sino todo lo contrario, es discernimiento, consciencia y elección de prendas que hayan perdurado y (puedan perdurar aún más) porque esas prendas en concreto algo en especial tienen para que eso sucede.”

Hoy una persona que dice amar la moda, que quiere verse bien cuando se viste y aún más importante, que quiere transmitir quien es con su ropa debería ocuparse de que en su armario no sólo exista ropa sino también arte, prendas que, aunque más a veces más costosas, sean diferentes, sean de calidad, apoyen a cadenas productivas más justas y que al mirarnos nos saquen una sonrisa.